No hay ingenuidad en ese llamado: reclamar poder implica confrontar estructuras, asumir riesgos y reconocer contradicciones internas. La frase funciona también como desafío ético. Nos interpela a ejercer poder sin reproducir opresiones, a cultivar solidaridad en vez de dominación. Así, el empoderamiento auténtico se mide por su capacidad de ampliar el círculo del “tú”: no es poder sobre otros, sino poder compartir capacidades para que más voces influyan.