Los libros, para él, eran ventanas a mundos que no podía pisar pero que visitaba con el cuerpo entero: soñaba que era marinero en cubierta, que perseguía libélulas en praderas infinitas, que resolvía acertijos con detectives de sombrero hongo. No le importaba el idioma ni la letra; lo que quería era el ritmo de las frases, el olor del papel inspirado y la cadencia de las voces que emergían entre capítulos.
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