Al iniciar la instalación, la consola proyectó una aurora digital sobre la mesa. En la pantalla, los menús de FIFA 19 comenzaron a reordenarse solos: los equipos dejaron de ser clubes reales y se convirtieron en colectivos de amigos, recuerdos y deseos. Leo eligió un partido rápido y su avatar, una versión pixelada de sí mismo, entró al estadio sin público. En la grada, en vez de espectadores, había fragmentos de conversaciones que Leo había tenido esa misma semana: risas, disculpas, promesas a medias.
Al iniciar la instalación, la consola proyectó una aurora digital sobre la mesa. En la pantalla, los menús de FIFA 19 comenzaron a reordenarse solos: los equipos dejaron de ser clubes reales y se convirtieron en colectivos de amigos, recuerdos y deseos. Leo eligió un partido rápido y su avatar, una versión pixelada de sí mismo, entró al estadio sin público. En la grada, en vez de espectadores, había fragmentos de conversaciones que Leo había tenido esa misma semana: risas, disculpas, promesas a medias.